El minimizador

   Roedor de sobresuelo, el minimizador se agazapa en la maleza de la ligera opinión. Su tarea consiste en minimizar, claro está, los logros ajenos hasta saciar la voracidad de su homogéneo narcisismo. Puede ser tu vecino, tu primo, tu profesor o particularmente, cualquiera que te encuentres. Con ínfulas de urbanitas geeks,  su maravigliosa opinión está plenamente afincada en la progresión moral del caracol australiano, por lo tanto no esperes ningún tipo de respuesta profunda. Abordará cualquier cuestión con un  arqueamiento bien entrenado de cejas y un fugaz cambio de tema.
   Su estudio fisiológico está en pañales aún, pero podemos afirmar que no tiene rasgos faciales característicos y se discute si la etiología de este desconocido síndrome es genética o infecciosa. Mi equipo de científicos y yo hemos realizado un estudio retrospectivo considerando que en la mayoría de las ocasiones esta patología tiene origen traumático (Sí, un brutal traumatismo cráneo-encefálico por la caída de la moto de la que no se bajaron a tiempo).
En el plano comportamental, resulta muy extraño encontrarlos en manada, ya que los minimizadores son muy posesivos con el territorio social que merodean, y no suelen copular simultáneamente la misma mente.  Su onanismo intelectual se alimenta principalmente del amplio y variado mundo de las decisiones equivocadas. Con pose de canoso erudito, analiza la acción o inacción de su amigo con el mismo rigor con el que Belén Esteban habla de Kafka o del existencialismo ruso, con soberana superficialidad y sin atisbo de ninguna clase de empatía. En ciertas ocasiones incluso aporta ejemplos de decisiones virtuosas rebosantes de gran criterio que él (o ella) ha tomado a lo largo de su exitosa vida, la cual restriega como ejemplo de triunfo o popularidad y que en el fondo apesta a huevo podrido y en nada se parece a los dilemas que haya podido padecer el pobre diablo hacia el que dirigen la exposición de sus malolientes vivencias.

  Largos años observándolos me lleva a la conclusión de que es imposible su reinserción en la sociedad con métodos no cruentos. Seguirán flotando alegremente como Heidis en sus nubes de pomposa superioridad, saltando de estereotipo en estereotipo como chinos-cudeiros vestidos de marca. No os preocupéis por ellos, la máxima "La ignorancia es la felicidad" les brindará amor propio a lo largo de sus vidas. Pero a vosotros no, así que si queréis alcanzar legalmente eso llamado Felicidad, o en su defecto la nada desdeñable tranquilidad espiritual, aprended a esbozar sonrisas irónico-misericordiosas cuando uno de estos parias exponga sus ideas. Por experiencia, no los alejéis con un palo, que se enfadan, :).

PD: ¡Y matad a sus crías!

PD 2: ¡Qué no, qué es broma, malajes!












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