Chocolate


        Recuerdo haber caído en  un sueño pulp donde yo era un filósofo con la cabeza metida en un tazón rojo buscando un último cereal en la mesa más grande y amarilla que había visto nunca. El hábito hace al monje y por eso busqué el cereal perdido dentro del tazón infinito de leche y café, a pesar de saber que se había desintegrado para pertenecer a algo más grande que una monodosis de azúcar. Y a pesar de ser ahora una marea kilocalórica benefactora de vida, a pesar de todo eso, yo busqué su esencia para preguntarle qué quería ser él en realidad.


Provoqué mareas furiosas de búsqueda, excursiones por los bordillos espumosos del cuenco y tormentas de plata para rescatar al pobre cereal. Ya daba por perdido el sueño del cereal cuando su forma, reblandecida por los efectos de la leche caliente, aún prestaba servicio a la voluntad del pequeño cereal. Una vez más calmado y viendo mis deseos de entablar una conversación con él, mantuvimos una acelerada conversación donde el cereal me contaba la deshonra que era para su familia de gramínias de primera calidad perecer en la vulgaridad de un café con leche. Me contó la historia de su vida; del cálido sol quemando su fruto lentamente y de la lluvia fresca alimentando el sueño del tacto de una mano sobre su testa antes del  trillado y el almacenado. Me contó la tristeza con la que se despidió de su madre antes del éxtasis y la locura de una nueva aventura a bordo de un tractor, y de la camaradería en los grandes sacos de la recolección. Después, más tranquilamente, me relató las oscuras historias que circulaban sobre cosechas pérdidas por la culpa de los parásitos hasta que llegó el maldito día en el que un brazo metálico lo empaquetó en bolsas de plástico y lo puso en una caja de cartón con cientos de atemorizados compañeros.- Fue ahí- me dijo el pequeño cereal, mientras de su ojo grotescamente pintado por mi imaginación caía una lágrima - fue ahí cuando corrió el rumor entre mis camaradas de que íbamos directos al tazón de leche caliente.
 El llanto floreció finalmente en su deformada cara y la pena me hizo hacerle compañía silenciosa a ver si a él mismo se le ocurría la solución al conflicto que vivíamos ambos.

Teniendo en cuenta que yo me tenía que despertar, le pregunté tímidamente qué se le ocurría, y me relató uno de sus sueños más particulares. En él, el pequeño cereal se convertía en un cereal de casta extraordinaria, era seleccionado entre miles de congéneres para ser bañado en chocolate caliente y producir un cris-cras gourmet en la boca de un snob mientras éste hablaba de Godard y balanceaba una copa de buen vino. La casualidad, típica en escenarios oníricos, quiso que dispusiéramos allí mismo de una fondie que gorgoteaba chocolate caliente, y, con la astucia de un versado pastelero, le proporcioné al pequeño gramínio un hábito de chocolate. Cris-cras sonó finalmente dentro de mí y supe lo bueno que era descubrir finalmente que sentido tenía la inexplicable razón por la que me gustaba Godard.



















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